lunes, 21 de septiembre de 2015

Y POR FIN CÁDIZ


Acabo el relato de nuestra gloriosa estancia por el sur con unos días en Cádiz.
Hace ya muchos años que pisé Cádiz por primera vez y que decidí que me encantaba. Porque si es verdad que Andalucía me maravilla la cojas por donde la cojas, Cádiz tiene un punto de pureza, un despliegue de blancura y una sobredosis de alegría que la hacen mi provincia preferida sobre todas las demás, con diferencia.
Mi Cádiz es un par de nochecitas en el Puerto de Santa María, unas tortitas de camarón en Romerijo y unos huevos a la Micaela y un tartar de atún con aguacate en el nuevo restaurante de referencia La Micaela (unas croquetas de rabo de toro, también).
 

Mi Cadiz es una casita en Conil y unos ratos en sus playas que me recuerdan a algunas de Australia, así lo digo y me quedo tan ancha. Un paseo por la mañana con mi hijo aprovechando la marea baja y otro por el pueblo al atardecer.

 
Mi Cádiz es Vejer, pueblo blanco  (más blanco no se puede) y un concierto improvisado que rezuma arte en su placita de ensueño.
 
 

Es también un paseo por Tarifa con ese levante capaz de limpiarte por dentro y por fuera y de llevarse las penas. Un vistazo a las playas, coloridas por las mil y una cometas de los Kitesurfers (antaño winsurfistas) una rondita por sus tiendas chulas como Lolaylo con maravillosos vestidos hechos a mano, donde vistieron de gitana a mi amiga Maribel y donde te adivinan el estilo y seguro encuentran un traje adecuado a tu porte ¡Que buen rato por favor!
Un atardecer en Barbate o en Caños de Meca cuando el sol se pone y surge esa luz especial que todo el mundo dice que tiene Cádiz y que es verdad.
Mi Cádiz es también montaña y una ruta bellísima por la Sierra de Grazalema y sus pueblos blancos, todos bonitos, todos sorprendentes.
Y por fin mi Cádiz es la ciudad que lo tiene todo: mar, salero, malecón, barrio La Viña, Playa de la Caleta, reminiscencias habaneras, buena comida y buena gente. Esta vez comimos en el mercado y después nos dejamos caer por el Parador en frente del mar, no se podía estar mejor.

 
Imposible quedarme con algo porque más allá de los sitios concretos lo bonito es estar, empaparse de ese ritmillo gaditano, disfrutar de su clima tan particular, deleitarse con cada vista del estrecho e intuir la línea en la que confluyen mar y océano. Aprovechar los días claros para avistar África y trasladarte a un continente tan lejano y tan cercano a la vez mientras adivinas que tanta otra gente en ese mismo instante echa la vista a la inversa y sueña con un nuevo comienzo en la otra orilla.
 

domingo, 6 de septiembre de 2015

SEGUIMOS EN RUTA: AIRES DEL SUR

Tenía pendiente continuar el relato de mi viaje por el sur y reconozco que me cuesta viendo en lo que se ha convertido estos días Europa, sintiendo como de diferente puede ser moverse por el mundo cuando no tiene nada que ver con el placer de unas vacaciones. Es espeluznante. No analizaré lo que está pasando porque tal falta de humanidad escapa a mi entendimiento, baste decir que mis mejores recuerdos de la niñez están  vinculados a ese mar que debería servir para que los niños naden y jueguen y sean felices en tardes que saben a cometas, a barquitos de vela, a hermanos, a primos y a sal. Jamás para que se dejen la vida resbalando de las manos de unos padres desesperados por ofrecerles un porvenir mejor.

Dicho esto, vuelvo al sur, con la esperanza de que todo mejore, con el deseo utópico de que un día sólo viajemos por el inmenso placer de conocer mundo. Rememorar esos días andaluces me da vida ahora que ya hemos vuelto a la normalidad, a los horarios y a las lluvias.
Esta vez empezamos por Córdoba. No estuvimos en la ciudad más de una tarde porque hacía demasiado calor, aun así uno no puede perderse un paseo por la Judería, un vistazo a los patios, un pincho de la mejor tortilla de la ciudad en el Bar Santos con vistas a la Mezquita y un salmorejo donde sea. Pero lo más precioso de los viajes es lo que no esperas y en este caso el calor nos hizo desviarnos hacia la Sierra y llegamos a Priego de Córdoba, un pueblo blanco encaramado en un afloramiento poblado de bellos edificios, iglesias barrocas y fuentes por doquier.
Tuvimos la suerte de dar con la Hospedería Zahorí, una casa del S.XIX restaurada con un encanto exquisito, sencilla pero cómoda y con unos propietarios que no te pueden tratar mejor porque es imposible. Por si eso fuera poco dispone de un mesón-restaurante donde cocinan productos de la zona que puedes degustar en su bellísimo patio cordobés o fuera, justo en la plaza de Santa Ana por donde se entra al hotelito.



Me encantaron del pueblo su cantidad de fuentes, todas de agua potable y el ritual de los lugareños que salen, se echan su vasito de agua y vuelven a casa. Me encantó también hablar con el que había sido el panadero durante más de 60 años y que ahora, a sus 80, por fin se dedicaba a pintar y a ver mundo con su mujer y no se declaraba ni panadero, ni pintor, él decía que por encima de todo era feliz.
Nos despedimos de esa maravillosa tierra y nos adentramos en otra belleza de provincia: Granada. La ciudad enamora, su entorno también. La Alhambra me dejó muda, y un paseo nocturno por el Albaicín con la Alhambra iluminada me hizo comprender por fin el significado de la palabra embrujo.
Quise ver flamenco  y nos decantamos por Le Chien Andalou un aljibe restaurado más autentico que otros locales turísiticos del Sacromonte. En este caso supe lo que es el duende.
En Granada nos hospedamos en un precioso  Hotel boutique el Gar-Anat. Bello, económico, de trato inmejorable y muy bien situado en el Albaicín. Un edificio del S.XVII cuyas habitaciones tienen nombres de poema y están dispuestas entorno a un patio presidido por la escultura de un árbol de los deseos y por una fuente que ameniza tus sueños.


Granada es una ciudad vibrante, interesante, divertida y multicultural. Si le preguntas a mi chico te dirá que con lo que más disfrutó fue con el tapeo (increible, increible, increible) y con los helados artesanales de Los Italianos. A mi, como de costumbre, me salió la parte soñadora, fue como vivir en en un cuento por tres días con todos los aderezos: brillo, palacios y el aroma embriagador de las rosas de los Jardines del Generalife.