martes, 16 de junio de 2015

CON UNA SONRISA

Últimamente me cuesta encontrar un momento para escribir, tener un bebé y estar de baja maternal siendo primavera es un deleite y paro muy poquito por casa. Hoy por fin llueve así que me he preparado un te frutal en una taza bonita y me dispongo a compartir algo que me pasó hace unas semanas.
Fue uno de esos días para enmarcar y no quiero dejar de recordarlo.
Pasaba por un momento de preocupaciones intensas, la felicidad completa es difícil ¡Qué le vamos a hacer! Así que madrugué y me fui a la estación. Cogí el primer tren con destino Barcelona porque ya se sabe que, en mi caso, barcelonear sin rumbo fijo es una cura para todo mal. Cuando el tren paró, un montón de caras sonrientes se ofrecieron a ayudarme a subir el cochecito del bebé y lo mismo sucedió a la llegada.
Empecé mi recorrido por la Iglesia de Sant Jaume, me gusta ir de vez en cuando porque desconecto del ruido y me renuevo. Mi amiga y yo tenemos la costumbre cuando algo nos preocupa de ponerle una vela a San Judas Tadeo (Patrón de los Imposibles) y bromeamos diciendo que un día nos va a echar a patadas de allí (la frecuencia de nuestros pedidos es considerable).
Al lado hay una cafetería a la que me gusta entrar,  esta vez me atendió una muchacha enérgica y 100% sonriente. Consideré que me merecía un premio y fui a dar con el mejor croissant de chocolate de toda Barcelona.
A continuación entré en una juguetería a mirar unas cositas para mi niño, cuando llevaba dos minutos la dependienta empezó a repartir helados ¿Rodeada de juguetes y comiendo helado? Me trasladé a mi infancia por el túnel del tiempo. Me dispuse a pagar, tenía tres personas por delante, como iba con el bebé de ninguna manera me dejaron esperar así que me ahorré ese tiempo y pude seguir paseando.
Fue entonces cuando recibí la llamada de mi chico anunciando que se cogía la tarde libre y venía a comer con nosotros ¡El día mejoraba por momentos!
Nos decantamos por uno de los barrios más vibrantes y con más personalidad de la Barcelona actual: el Raval, lugar de contrastes y mucha vida. Comimos en el Ofis un restaurante chulo con un menú bueno a la par que económico en el que no existen primeros ni segundos platos sino unas cuantas opciones que tú combinas a tu elección.


Mención especial al maravilloso pan artesanal que hornean a diario.


Es uno de esos sitios que te atrapa a partes iguales por lo rico de su cocina, por la amabilidad de su personal y por su decoración, con una peculiaridad: todo lo que hay está a la venta (comida, mobiliario, lámparas, cuadros...).


A la salida mis chicos me hicieron un regalito que no esperaba y que me emocionó un montón porque una se vuelve un poco ñoña cuando es madre.


Y aun tuve una sorpresa más: mis queridos amigos afincados en Canadá de los que me siento absolutamente orgullosa nos enviaban la foto de un regalito hecho a mano para Albert.



Acabé el día cargada de fuerza pensando que el mundo sigue siendo un lugar maravilloso poblado de gente buena, que tengo una familia bonita y la gran suerte de tener amigos a los que adoro, algunos a la vuelta de la esquina, otros en sitios tan lejanos como Montreal, Lima, Múnich, Venecia, Nueva York, Medellín o  Tokio. Ellos me hacen sentir que al final el mundo no es un lugar tan grande y que puedo trazar líneas imaginarias que impregnan de amor mi mapamundi particular.
En estas divagaciones estaba y, después de toparme durante el día con tantas caras sonrientes, yo también me fui a dormir con una sonrisa.